EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bién los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no.-En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina- se suele decir". JOAQUN VIDAL VIZCARRO: El Toreo es grandeza.

miércoles, mayo 15, 2013

RECORDANDO A JOSÉ GÓMEZ ORTEGA: " GALLITO"


Talavera de la Reina, 16 de Mayo de 1920 (+)
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Magistral par de Banderillas
Un desplante de Joselito

Pase ayudado, rodilla en tierra

Un pase al natural

Un pase de rodillas

Un pase ayudado de  adorno

Un pase ayudado por bajo

Joselito viendo morir al toro

Joselito muerto;Sánchez Mejías a su lado
Fuente: Gregorio Corrochano: ¿Qué es torear? Introducción a la tauromaquia de Joselito y de Domingo Ortega. Revista del Occidente. Madrid (España), 1966.

lunes, mayo 13, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA (CAPÍTULO X)


X.
La Pura despertó con el espíritu revuelto, la garganta seca, el corazón oprimido. Creía salir de una terrible pesadilla. Abrió los ojos desmesuradamente, y haciendo un esfuerzo trató de poner en orden sus ideas. Aquella habitación de techo bajo, paredes desconchadas y pobre mueblaje no era la suya. Sobre una mesa de pino blanco, cubierta de hule del mismo color, vio una botella de aguardiente y dos vasos de vidrio ordinario. Tirado sobre un sillón tapizado de bayeta roja, dormía el Pitoche con la boca abierta y el jopo pegado a la sudorosa frente. La Pura lo miró algunos instantes sin comprender. Luego, lanzando un grito, escondió la cara entre las manos.
‐¿Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho? ‐clamo, mesándose el enmarañado cabello.
El Pitoche saltó del sillón, y aproximándose, trató de calmarla. ‐Pureta, ten sentío, no te azares; no hay por qué.
Nadie sabe na..., y yo estoy aquí, a tu vera, para sacar la cara por ti. ¡Ea, niña, valor! ¡Lo pasao, pasao, y a vivir!

Y quiso besarla.

Ella lo apartó bruscamente.
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‐Por lo que tú más quieras, no me toques ‐exclamó con tan honda y visible repugnancia, que el Pitoche quedó como petrificado.
‐Pureta ‐dijo al fin‐, ¿va a continuar lo de anoche? Yo a quererte y tú a golverme las espaldas. Por mí hiciste lo que hiciste, y aluego... No te comprendo, Pureta.
‐Yo tampoco me comprendo, Pitoche. No puedo comprender lo que pasó; no comprendo nada. ¿Por qué herí a Paco, queriéndole con toda mi alma? ¿Por qué estoy aquí, en tu casa, aborreciéndote? ¿Es posible, Señor? ‐Y luego añadió sordamente: ‐Y tan posible... ¡Pero no puede ser; yo sueño, deliro, estoy loca...!
El Pitoche reflexionó algunos instantes, y luego dijo:
‐Eso de que me aborreces, Pureta, es una figuración tuya. Por más que lo digas, yo nunca lo creeré, porque te conozco y sé que tienes muy güenos centros. Tú no me aborreces, o mejor dicho, me aborreces y al mismo tiempo, allá en tus adentros, me guardas constancia. Sí; me quieres, aunque tu amor propio no lo quiera y no te lo confieses por orguyo. Lo que ha hablo entre los dos no se orvida, Pureta. Nunca podrás orvidá que yo soy el primer hombre que te tuvo en sus brazos, el hombre que te hizo mujé y que fue contigo mu malo y mu güeno. Tú me llevas en la sangre y en la sangresita de mi cuerpo yo te llevo. Lo demás son infundios y pamemas.
La bailadora no oía las palabras del gitano. Escudriñando en los pliegues y recovecos de su conciencia, oscurecida por mil sentimientos contradictorios, trataba de recordar y explicarse lo sucedido. Pero no podía; la angustia y el horror impedíanle pensar. Sólo veía a Paco en el momento de desplomarse abriendo los brazos; sólo oía el sordo lamento que se escapó de su boca al caer. El resto se le aparecía confuso, lleno de lagunas y como imágenes achatadas contra la memoria y no nítidas y de bulto.
Cuando pegándose a las paredes y sigilosamente descendieron la escalerilla de «El Tronío», le pareció a la Pura que los escalones gemían y que un negro abismo se abría a sus plantas y la tragaba. Y empezó la desesperada fuga de los dos como almas en pena por las calles más lóbregas de Sevilla. Parecían huir de su propia sombra. La noche estaba todavía negra y tormentosa. De tiempo en tiempo una lívida claridad
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tremaba en el cielo, y entonces las calles, las casas y las iglesias, por delante de las cuales iban pasando, tomaban aspectos alucinantes, formas animadas y monstruosas. La Pura se persignaba y seguía avanzando sin rumbo fijo y con los ojos llenos de las tétricas visiones de los lienzos de Valdés Leal, de Morales, de Ribera. Las callejas se le antojaban antros medrosos donde hacían penitencia o desesperados se retorcían extraños ascetas; los edificios, moles que se movían y hablaban; las torres, gigantescos y afilados capuchinos del Greco o monjes lívidos de Zurbarán.
‐Pero ¿dónde vamos? ‐le preguntaba el Pitoche, jadeando.
‐Anda, anda... ‐contestaba ella.
Y seguían la dramática carrera por la ciudad, toda sonora de los amores y los crímenes de Don Pedro el Cruel. Y mientras caminaban recordaba la Pura con pavor las leyendas y las tradiciones de que Cuenca le había metido un relleno romántico en el magín, murmurando al mismo tiempo: «¡Paco, Paco mío; Paco de mis entrañas!», como uno de esos pegajosos sonsonetes o mareantes taravillas que nos obcecan y aturden. Desde «El Tronío» fueron a dar a la Alameda de Hércules, y de ésta al Alcázar. Pasaron por la histórica calle de Bustos Tavera, donde se veía aún la casa de la bellísima doña Estrella, codiciada por el rey Don Sancho el Bravo, y a cuyo hermano, por haber osado defender contra él, sin reconocerlo, el honor de la hermana, hizo perecer aquél a manos del mismísimo prometido de la bella, el cual, sin saber contra quién ni de qué afrenta se trataba, había jurado a su señor vengarlo y guardar el secreto. Y esclavo de la terrible fidelidad del hidalgo, cumplió la palabra empeñada, sabiendo que asesinaba su dicha, y preso y condenado a muerte, guardó el secreto, sabiendo que, por guardarlo, perdería la vida. Pasaron por la calle de María Coronel, aquella que por escapar al deseo lujurioso del rey Don Pedro se abrasó adrede el rostro con aceite hirviendo, a fin de destruir la belleza que inocentemente ponía a peligro su honra; la misma que, por escapar otra vez a la persecución de que era objeto, se hizo enterrar en un pozo abierto en la huerta del convento en que vivía retirada, el cual pozo inmediata y milagrosamente se cubrió de flores. Pasaron por la antigua calle de Candilejo. Allí, el mismo galante y aventurero rey había muerto en riña a un hombre; allí estaba el ventanillo desde el cual una viejecita, alumbrándose con un candil, presenció la sangrienta escena y delató al matador.
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Pasaron por frente del Alcázar, y la Pura rápidamente rememoró el espeluznante drama de la sala de la justicia, los cuatro jueces prevaricadores sorprendidos en sus chanchullos, decapitados in continenti y expuestas sus cabezas clavadas en las paredes, como ejemplo de la sañuda rectitud del Monarca. Luego, entre otros sucesos, acudió a la memoria de la bailadora el episodio de don Fadrique, perseguido como un jabalí a través de las galerías y estancias del castillo y muerto a cuchilladas y alabardazos en el cuarto del Maestre. Pasaron por delante de la adusta Torre del Oro, donde cantaron su canción épica los lingotes del Perú y suspiraron tantos prisioneros, cual si fuese a una arca y fortaleza. Siguieron caminando de prisa; la sombra de Paco le pisaba los talones. El paseo de Cristóbal Colón, cuyos árboles gemían con el viento; la plaza de toros, la cárcel, desfilaron como en una película cinematográfica ante los ojos de la Pura y el Pitoche.
‐Pureta, que no pueo más ‐gemía éste.
‐¡Anda, anda!... ‐repetía ella.
Y continuaron dando vueltas y revueltas por callejuelas lóbregas y tortuosas, hasta entrar en una sórdida taberna, espoleados por las ansias locas de beber, de matar el recuerdo, de borrar el pasado. Apuraron dos copas ávidamente; luego dos más, después otras dos. De vez en cuando la Pura lanzaba un hondo suspiro, se estremecía y lloraba. Entonces el cantador le decía muy quedo:
‐Pureta, te estás delatando tú sola; disimula, mujé, y bebe. El aguardiente too lo cura.
Y bebían. El rostro desencajado de la bailadora parecía de cera; pero sus ojos verdes, como agrandados por el terror y bruñidos por las lágrimas, fulguraban en la semioscuridad del tenducho con extraño fuego. Entraron dos hombres muy mal encarados, tomaron asiento y pidieron de beber. Uno de ellos llevaba un bombín abollado y crasoso, el otro una gorrilla de seda negra; ninguno de los dos tenía cuello. Se acodaron sobre la mesa y empezaron a platicar casi en secreto. La Pura supuso que eran dos esbirros disfrazados, y el Pitoche dos timadores de los que abundaban por aquellos lugares, casi tan mal famados como antaño el Compás y el Corral de los Naranjos.
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‐Pureta, oculta los briyos, tápate la cara y has que me estás escuchando. Aquí le afanan a uno hasta el aliento. Si no disimulas estamos perdíos también por ese lao ‐dijo el Pitoche.
Y acercándose más a ella empezó a cantarle por lo bajo coplas y más coplas, que la Pura oía con dolorosa delectación. Aquel cante, aquel beleño que el gitano le vertía en los oídos anestesiaba su pena más que el alcohol; abolía por arte mágico el presente y la sumergía en una especie de semiinconsciencia. Cuando el Pitoche se detuvo, le dijo la Pura:
‐Canta, canta...
Y siguieron bebiendo y cantando. Y vino la embriaguez, y luego, en la alcoba del Pitoche, a que éste le arrastró, el abismo sin fondo del sueño.
***
‐Ves, el Destino nos junta: de hoy más estamos remachaos el uno al otro ‐continuó el Pitoche con mal disimulado gozo‐. Dime que me quieres una miajiya, Pureta. No tengas mala sangre, no me hagas pasar más tormentos. Mira que estoy en las boqueás.
La rabia que sentía contra sí misma se tornó contra él, sobre quien, de súbito, echó el fardo pesado de su propio extravío.
‐He dicho la verdad, te aborrezco y te aborreceré siempre ‐le declaró, experimentando un gran alivio, porque le parecía que con aquellas palabras le permanecía fiel a Paco y lo vengaba.
‐Pero, ¡mardita sea mi alma!; entonces, ¿por qué salistes a mi defensa? ¿Por qué te emborrachastes conmigo? ¿Por qué estamos aquí juntos...? ‐gimió el Pitoche, y su rostro se contrajo como si fuese a llorar.
‐No lo sé, no me lo preguntes; déjame en paz ‐contestó la Pura cerrando los ojos‐. Estoy mala, tengo calentura. Mis manos arden, mi frente abrasa. Dame de beber.
Él le cogió la mano y dijo cambiando de tono: ‐¡Verdad que tienes calentura!
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Y muy solícito le alcanzó un vaso de agua fresca, sacada del botijo que, suspendido de una cuerda, colgaba del techo en un ángulo de la alcoba. Luego, creyendo que el miedo de ser descubierta la ponía en aquel estado de angustia y exaltación, añadió:
‐Ten calma, Pureta. Nadie sabrá na; no podrán descubrirnos, y si nos descubren diré que he sío yo...
La Pura abrió los ojos; lo miró algunos segundos y tomó a cerrarlos.
‐Tú no piensas sino en la pareja de la Guardia civil, y yo sólo pienso en Paco... Pensar que a estas horas está agonizando, quizá muerto, y que soy yo, yo, yo... ‐Y abrazándose a la almohada, murmuró entre sollozos: ‐¡Paco, Paco mío, Paco de mis entrañas...!
El Pitoche tuvo ímpetus de estrangularla. Luego, reconociéndose incapaz de hacerle el menor daño e incapaz de defenderse siquiera contra el mal que la bailadora le hacía, sintió una gran piedad de sí mismo, acompañada de sentimientos desmayados y mórbidos que lo hicieron llorar por ella mientras ella lloraba por otro. Lágrimas redondas y pesadas como garbanzos le rodaban por el amojamado restro.
La Pura, notándolo, tuvo piedad y le dijo: ‐Perdóname, Pitoche...
‐Quiérelo, pero no me lo digas... ‐sollozó el gitano‐; porque yo también, ¡malas puñalás me peguen!, quiero y sufro. ¡Quién lo dijera que por ti, Pureta, había yo de pasar las morás! Me miro al espejo y no me reconozco. No tengo gusto pa ná. Vivo de prestao. Hasta la voz estoy perdiendo, ¡mardita sea la leche que mamé!
E incorporándose empezó a darse de testarazos contra las paredes. En seguida se sirvió un vaso de Rute; lo apuró ávidamente y volvió a sentarse. La Pura no supo qué decirle, y permanecieron callados largo rato, él sorbiéndose las lágrimas, ella mirando al techo.
‐En vez de desesperarnos debíamos averiguar lo que pasa ‐arguyó el Pitoche después, ya perfectamente repuesto de su repentina locura‐. Voy a pasarme por el café como quien no quiere la cosa, y aluego por el corral de los Jabanillas. ¿Te parece? Cierra por dentro, y si llaman, no abras.
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Se abrochó la americana, se peinó frente a un pedazo de espejo clavado en la pared y salió. Apenas dejó oír sus pasos, la Pura tiróse del lecho, acomodóse las ropas, pues había dormido vestida y calzada, compuso el peinado en un abrir y cerrar de ojos, y cubriéndose con el mantón de espumilla negro se dirigió a la puerta. Luego, ya con el pestillo en la mano, tuvo miedo de salir sola, y volviendo grupas, dejóse caer en el sillón de bayeta.
«De hoy más estamos remachaos el uno al otro», se dijo repitiendo la frase del Pitoche, y olvidando un instante su angustia se entretuvo en indagar hasta qué punto el Destino volvía a encadenarla a su antiguo amante. Confesándose que por el momento le era necesario; que sola no podría llevar la carga pesada del crimen, aquilató el oprobio de su situación y sintió asco de sí misma y más odio contra el cantador. Al regresar éste la encontró tan ceñuda y torva, que le pareció otra mujer, una mujer que él no conocía.
‐¿Qué hay? ‐preguntó poniéndose en pie de un salto, y notando el contento del Pitoche, agregó con el rostro iluminado por una súbita esperanza:
‐¿Vive? ¡Habla, habla!...
‐La Providencia ha estao al quite; nos hemos salvao, Pureta... Nadie sospecha ná de nosotros. Toos creen que la puñalaíta la dio la mano de Argüeyo. En el gabinete encontraron su navaja, y pa mejó, pásmate, mujé, el gachó no podrá delatarnos, que apareció esta mañana seco de un tiro en el puente de Triana ‐y arrojando al aire el ancho y castañeando los dedos marcó algunos pasos de baile mientras exclamaba lleno de crapulosa alegría: ‐¡Viva la mare que me parió tan serrano! ¡Salvaos, Pureta, salvaos!...
‐Y a mí qué me importa eso ‐gritó ella iracunda‐; pero no ves, mala sombra, que muero por saber lo que es de Paco... ¿Vive, di, habla?...
El Pitoche se detuvo de golpe y la miró estupefacto. Luego su rostro se ensombreció. Con voz ronca dijo mientras se sentaba en el borde de la cama:
‐Vive; pero está mu malo. No ha podio declará ná. Y luego pensó: «Si muriera too quedaría arreglo». La Pura volvió a ponerse el mantón.
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‐¿Te vas? ¿Me dejas muriendo y desamparao? ‐clamó el Pitoche.
Sin responder ni dignarse mirarlo salió la Pura. Pasaba una manola, la tomó y se hizo conducir al taller de Cuenca. Cabizbajo Covacha se paseaba por el patio de la cuadra. Al divisarla corrió a ella y le preguntó:

‐¿Sabe usted lo que ha ocurrío?

‐Sí, por desgracia lo sé; ¿y cómo sigue...? ¡Ay, Covacha, por Dios, no me

dé usted una mala nueva!
‐Desde que lo trajimos está en un ser, sin conocimiento, entre la vida y la muerte, tirando argo pa la vía cochina. ¡Pero ha visto usted qué mala pata! Salir la suerte con esa tripa rota ahora que too nos iba al pelo: las contratas a porriyo, el dinero a espuertas. Vamos, que eso no debía ser. ¿Quiere usted hablar con el maestro pintor? Él le dirá lo que han dicho los médicos.
‐Sí, Covacha, llámelo usted; dígale que aquí espero ‐respondió la Pura entrando en el taller, iluminado débilmente por una lámpara de petróleo.
Sus pasos resonaron como en una iglesia. Aunque estaba habituada a la lobreguez y hosquedad del recinto, de noche le pareció más tétrico. Las sombras colgaban de las paredes como grandes crespones; las figuras de las telas cobraban en la semioscuridad fantástica vida. La bailadora se dejó caer en el ancho diván, sobre el que se echaba todos los días para descansar de las incómodas posturas a que Cuenca, olvidándose de que era de carne y hueso, la condenaba durante horas enteras. Aquel diván, que por asiento tenía un mullido colchoneta de poner y sacar, le servía a Cuenca de lecho por las noches, sólo con disponer sobre él las sábanas y las mantas, cosa que Cuenca hacía personalmente. En el medio del taller, sobre dos caballetes, y ya completamente concluidos, se veían las dos telas Arriba», o «El Triunfo del tablao», y «Abajo», «El dormidero de las brujas». La Pura sintió por primera vez y en toda su fuerza el dramático contraste de los dos lienzos, y tuvo un escalofrío. «Yo también descenderé de ahí arriba ahí abajo, quizá más abajo aún», se dijo, y quedóse mirando las telas absorta, sin respirar, los codos apoyados sobre las rodillas, el rostro entre las manos crispadas. Cuenca la sorprendió en aquella postura. Tan absorbida estaba, que no vio al artista hasta que lo tuvo delante de
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 ella. Una mirada furtiva y rapidísima le bastó para cerciorarse de que no sabía la verdad. Por él se enteró que Paco tenia interesado un pulmón, que su estado era grave, pero que los médicos esperaban salvarlo si no sobrevenía ninguna complicación.
‐¡Dios lo quiera! ‐exclamó la Pura, gimiendo‐. Daría la vida porque así fuese. Y pensar... ¡ay!, ¡qué pena más grande!, ¡qué tormento!, ¡qué angustia! ¡Si usted supiese, Cuenca, lo que pasa por mil No sé cómo vivo todavía.
Él se sentó junto a ella, y cogiéndole la mano, le dijo:
‐Cálmese, Pura; es preciso tener esperanza. Paco salvará, el corazón me lo dice. La fiebre ha disminuida un poco. En cuanto a Argüeyo, ya ha pagado su crimen. Murió como debía morir, de un tiro en la cabeza. Lo malo es que el pobre Brageli irá a presidio, aunque no por mucho tiempo: lo hirió en lucha leal y con la misma pistola de Argüeyo. Y no hay duda que el móvil del crimen fue el robo. Le encontraron en los bolsillos al muy granuja la cartera y el reloj de Paco. Todo está claro. Lo que no comprendo es lo que hacía Paco solo en «El Tronío». ¿Cuándo lo dejó usted?
La Pura quiso responder y no pudo. Cuenca notó su extrema palidez, creyó que iba a desvanecerse y le dio a beber una colmada caña de manzanilla.
‐Es debilidad ‐murmuró la bailadora‐; no he probado bocado en todo el día.
‐Beba usted, eso la entonará. Voy a ver si ha terminado la consulta de los médicos. Le enviaré a usted algunas golosinas. Luego bajaré y le comunicaré lo que haya.
‐¡Por tos clavos de Cristo! ¡Vuelva usted pronto...! ‐exclamó ella.
Cuando Cuenca volvió encontróla durmiendo sobre el diván. Su rostro, afinado por la palidez, denunciaba mortal fatiga. Tenía la boca crispada como la del niño próximo a llorar; los ojos cerrados parecían dos grandes violetas.
El pintor la contempló algunos instantes; luego, cogiendo su manta de campo, la cubrió con amoroso cuidado y tornó a salir.
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Fuente: El embrujo de Sevilla, Carlos Reyles. Biblioteca Mundial Sopena Argentina S.R.L. Tercera Edición, JUNIO DE 1954.pp 136-144.

domingo, mayo 12, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA (CAPÍTULO IX)


IX.
Estando en Sevilla ni una sola noche dejaba Paco de concurrir a «El Tronío». Al terminar cada cuadro, la Pura descendía del tablao, atravesaba la sala, arrancando a los parroquianos al pasar olés y vivas a España, e iba a sentarse a la mesa del astro y sus satélites: Cuenca, Míguez y Tabardillo. Cuando concluía el espectáculo, ausente el espada y el picador, los amigos la acompañaban hasta la puerta de su casa, una casita muy cuca, blanca y florida, adquirida por la bailadora tiempo
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atrás y que bajo la dirección experta del pintor había refaccionado y estaba concluyendo de amueblar. El patio, muy pequeñito, resultaba una verdadera monería. Veinte columnillas de rosado ladrillo y capiteles de lo mismo, esculpidos como si fuesen de mármol, sostenían las galerías altas, cubiertas y con balconcillos de trecho en trecho, de los que pendían, a modo de reposteros, vistosas mantas jerezanas. Los azulejos del zócalo eran de cuerda seca, diseñados por el pintor. Una fuentecilla de cerámica trianera, rodeada de tiestos de flores, ocupaba el medio del patio, hecho de piedrezuelas redondas con camineros de trabados ladrillos y olambrillas. Ornaban las paredes, entre columna y columna, ya pequeños cuadros formados por cuatro azulejos de los que llaman de montería, embutidos en los muros; ya simples platos de gusto hispano‐árabe, imitación de los antiguos manases. Gallardas palmeras en tinajas de barro cocido sin vidriar, sobre pies de hierro, alegraban los ángulos del patio, por cuyos corredores veíanse dispuestos sobre pequeñas alfombras alpujarreñas algunos muebles de industria sevillana, baratos pero muy decorativos, y hasta media docena de mecedoras de madera pintada y asiento de enea. En el muro frontero a la cancela, Cuenca había tendido un mantón de Manila y formando sobre él flamenco trofeo, compuesto por una guitarra colocada verticalmente; dos panderetas, representando escenas del tablao a cada lado de ella; debajo un castoreño de picador y arriba una rufa montera. El toldo que defendía el patio de los ardores del sol era de lona, ornado por ancho fleco y upa caprichosa franja bordada burdamente con lanas de colores, a la manera de las jáquimas de los borricos. La tamizada luz fundía armoniosamente tanto impetuoso y diverso color, resultando un conjunto no sólo pintoresco, sino bien equilibrado.
‐Esto está muy sabroso ‐solía decir Cuenca, satisfecho de su obra.
Cuando la Pura salía del café sola con Paco solían entrar de pasada en la buñolería de la tía Curra y permanecer allí un par de horas, platicando amorosamente y haciendo proyectos para el futuro. Los parroquianos de «El Tronío» conocían los amores del torero y la bailadora, y también las fatigas que por ella pasaba el Pitoche. Éste no lo ocultaba; sus coplas, cada vez más tristes, hacían transparentes alusiones a la desdichada pasión que lo tenia tan magro, verdoso y sombrío. Su cante se había hecho más sordo, más opaco, más hondo. A veces no parecía que cantaba, sino que lloraba. «¡Ay! ¡Cómo le duele! ¡Cómo canta ahora este gachó!», decían las buenas gentes que iban al café a oírlo sufrir. Se acodaban sobre las mesas, y con los ojos
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brillantes como si fuesen de cristal y dilatadas las ventanillas de la nariz, sufriendo voluptuosamente, oían salir de la boca del cantador el rosario de sus ayes, de sus lamentos, de sus peniyas negras. Los adornos y pasos de garganta convertíanse en gemidos, en estrangulados sollozos, en llanto ahogado que por veces estalla y chilla. Su voz, que se había vuelto un tanto aguardentosa y desgarrada, tenía acentos cálidos, notas de violoncelo e inflexiones sumamente expresivas. La Pura no quería oírlo y lo oía; lo oía con penoso deleite. El Pitoche, acaso sospechándolo, parecía cantar sólo para ella. Los ojos negros y cavados del cantador la buscaban, se prendían al rostro de la bailadora, y era como si le estuviesen declarando lo que sentía. Paco fingía no observarlo; la Pura miraba hacia otra parte o se ponía de espaldas al cantador. Incesantemente éste se hacía el encontradizo y procuraba trabar conversación; pero ella lo dejaba con la palabra en la boca y seguía su camino. En el tablao la jaleaba más que ningún otro artista, Implorándole, al mismo tiempo con los ojos, la limosna de una mirada. Mas ella no se daba por aludida. Mientras se vestía lo sentía toser en la saleta. Y a la llegada y a la salida del café estaba segura de encontrarlo en la puerta, esperándola para darle las buenas noches. La persecución del gitano la ofendía, y lejos de ablandarla, irritábala más contra él. Lo que la ablandaba y conmovía era verlo tan abatido, tan humilde al presente en el querer, cuando antes había sido soberbio y duro. Una vez que entraba sin la doncella a «El Tronío», le salió al encuentro el Pitoche y le dijo casi sollozando:
‐Pureta, ten compasión; ¿no ves que tus desvíos me están matando?
Iba a responder secamente; pero la mirada angustiosa del cantador la contuvo. Reportándose, contestó:
‐¿Y qué quieres que yo le haga, Pitoche? Si no pretendieras lo imposible, lo que no puede ser, no te pasaría eso.
Él bajó la cabeza y dijo:
‐Yo no pretendo que me quieras, puesto que tú quieres a otro; lo único que te pido es que no seas tan desdeñosa, tan cruel, porque eso me desespera, me güerve loco.
‐¿Y qué he de hacer?
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‐No darme con la puerta en las narices cuando te hable; jacerme la caridá de oírme. Hasta a los condenaos a muerte se les concede una gracia. Yo no he cometía otro delito que quererte, y sin embargo me has condenao y me estoy muriendo, muriendo de pena.
‐No son las penas las que te acaban, Pitoche, sino la desastrada vida que llevas.
‐Bebo pa ajogar este come come del queré que no me deja viví ‐dijo animándose, y aproximando su rostro al de ella, continuó:
‐¡Pureta, Pureta; te quiero, te quiero más que a mi mare, te quiero! Todo lo que hice por olvidarte, por arrancarme esta espina envenená que llevo aquí, fue inútil. Mi mal no tiene remedio; me siento perdía... y bebo, bebo, me mato por no matar. Si tu supieses las ideas negras que me pasan por la jeró, cuando te veo tan derretía con él mientras yo trago quina y rabio. ¡Ay...! Si tú me quisieras un poquitín, yo no lo cataría y sería más güeno que el pan. Anda, Pureta, quiéreme tanto así. Dime que no lo has olvidao too; que recuerdas entoavía a Pitoche el bueno, al Pitoche que te lavaba toíta cuando estuviste mala; al Pitoche que afanaba golosinas para que las comieras tú.
‐Ahí lo tienes; si te dejo hablar, oigo cosas que no quiero oír. ‐Déjame que me desahogue una vez siquiera; mujé.
‐No puedo ni quiero escucharte, Pitoche.

‐Lo haces por él ¿verdá? ‐interrogó el gitano apretando los dientes y achicando los ojos, que de suplicantes se tornaron rencorosos y amenazadores.
‐Por él y por mí, y porque no me da la real gana. ¿Quieres saber más?
Cogiéndola por un brazo y apretándoselo violentamente, exclamó el cantador fuera de sí:
‐Pues yo te digo que por las buenas o por las malas me escucharás.
‐Yo te respondo, malange ­gritó ella rechazándolo‐, que ni por las buenas ni por las malas.
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 El Pitoche, iracundo, levantó la mano, ella lo desafió con la mirada; luego, haciendo un gesto despreciativo y encogiéndose de hombros, se alejó.
Algunos días después, estando el cantador sentado, como de costumbre, en. el dormidero de las brujas mientras la bailadora se vestía, se le acercó Argüello y le dijo misteriosamente:
‐¿Sabes lo que hay, Pitoche? Me he enterado que el pájaro toma el olivo. Hoy baila por última vez. Se va a «La Barrancosa» con el señorito Paco. El Ñañe me lo dijo.
El Pitoche nada contestó. Argüello lo contempló un Instante con sus ojillos torvos y luego preguntóle:
‐¿Qué piensas hacer? ‐y observando que el gitano lloraba añadió: ‐Eso no es lo que jacen los hombres, Pitoche.
‐¿Y qué puedo jacer yo, mardita sea mi suerte?

‐Impedirlo.

‐¡Impedirlo...! Y ¿cómo?
‐Metiéndote de por medio con una navaja en la mano. ‐¿Y con qué derecho, pelmazo?

‐Con el derecho que le da a todo hombre su queré, si es hombre. Y si lo es, no se deja quitar ni por el mismísimo beato Pablo la hembra que quiere sin correrla, sin jugársela. Lo demás son cuentos. No seas panoli. Yo siempre que quise a una gachí me la jugué. Y por las buenas o por las malas me salí con la mía.
‐Con esa niña no hay malas que valgan ‐arguyó el Pitoche descorazonado‐. Es una mujer que está por encima de nosotros, Argüeyo.
‐Esa niña es como toas. Si la dejas que se crezca te gana terreno y te lleva de calle. Pero si al alzar el gallo la endiñas un par de cates, vendrá a lamerte la mano. A sacudía y remontá nadie le gana a la Pulida, y la
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tengo más suave que un guante. Las mujeres toas son unas... ‐concluyó sentenciosamente.
‐A la Pura si le endiñas un cate, te lo devuelve con un tiro de ancas. ¿Le pegarías tú a la reina una gofetá? Pues es lo mismo. La Pura es una reina en lo suyo, y está acostumbrá a que chicos y grandes la sirvan de rodiyas. Es poderosa, guapa y querida. Los cates no la alcanzan. ¡Mira cómo la trata el señorito Paco! No cabe más finura, no parece sino que fuese su novia. Y no dirás que ese no es un hombre. La Pura se lo merece tac), ¿estás?, y toos la respetan como si estuviese sobre un altar. ¿Había yo de arrancarme por peteneras siendo, entre los que la rodean, la última carta de la baraja? Bonito papel iba a jacer yo.
‐Por lo visto le tienes tanto miedo a ella como a él ‐conjeturó Argüello insidiosamente.
Volviéndose hacia su compañero y recalcando mucho las palabras, mientras le metía los ojos en los ojos, respondió el Pichote:
‐No me hagas de reír, que tengo el labio partío. Miedo no le tengo a ella, ni a él, ni a ti ‐y luego, cambiando de tono, añadió:
‐Lo que yo tengo es otra cosa, que tú no puedes comprender, porque eres muy bruto, Argüeyo. Perdona que te lo diga.
‐Y a mucha la honra; el ser bruto me ha impedido dejarme corré las espuelas por las mujeres y manoseá por los hombres. A ti el quinqué te sirve para que te lleven por las narices aquéllas y te birlen las novias éstos.
‐Eso se verá. Antes que sea de otro, el presidio, la horca...
‐Ahí quería verte, Pitoche. Al fin te pones en el terreno de la verdad. Esa niña fue tuya y es tuya por el aquel del primer ocupante, y serás un mandria, un buey manso y huido, si queriéndola de chipén, te la dejas quitar por un señorito pamplinero, que sólo la querrá para que le haga gracia un rato y, luego, a tomar... er sol. ¿Qué diría toíta Sevilla de ti? Hasta los chiquiyos se te reirán en las barbas. Y ella te despreciará más. Por el contrario, si haces  una hombrá, volverá a ti, tenlo por seguro. Quizá es eso lo que espera para volver a la querencia, la hombrá, la metía de pecho, los hígados en el querer. No hay gachí, rica o pobre, alta o baja, que no se disloque por el gachó
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 que se echa a lo hondo por ella. Lo que te digo va a misa; es más verdad que el Evangelio, no lo olvides ‐e incorporándose y poniéndole la mano en el hombro, agregó:
‐Escucha, Pitoche; si necesitas de un amigo, aquí me tienes pa lo que gustes mandar.
Después del primer cuadro, al descender los artistas del tablao y dirigirse la Pura a la mesa de Paco, que estaba solo, le imploró el Pitoche, por lo bajo:
‐Pureta, óyeme dos palabras; tiempo te sobra de. hablar con ése. No tengas malas entrañas, mujé.
‐Anda y que te pelen ‐replicó ella de mal talante.
Habían convenido con Paco que esa noche cena rían juntos en «El Tronío» para irse de madrugada al campo, y estaba, en lugar de contenta, inquieta y nerviosa. «Me da el corazón que va a suceder algo. ¡Como no meta la pata ese asaúra...! No estaré. tranquila hasta verme en «La Barrancosa», repetíase a cada momento.
‐¡Ay, Puriya, no sabes cuánto deseaba que llegase este instante! ‐le dijo Paco, tendiéndole las dos manos.
Sentándose frente a él, y mirándolo como si le dijera con la mirada, dulce y burlona a una: «Ya sé. que estás chalaíto por mí», contestó la bailadora:
‐¿Me quieres mucho, Paco?
‐Más que a nadie quise en el mundo. Te llevo en el alma como un clavo metido hasta la cabeza. Hasta delante de los toros pienso en ti. En la última corrida se me coló un jabonero del Duque, por debajo de la muleta; me enganchó, y al subir por el aire, como un cohete, sólo acerté a decir: «Adiós, Puriya».
¡Ay, qué guasoncito está el tiempo!
‐Que un toro me ase a cornás si no es cierto lo que te digo, Puriya ‐aseguró él, muy serio‐. Cuando me perfilo para matar, me acuerdo de ti. «¡Vaya por mi niña!», me digo, y entro por uvas, lleno de coraje y
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confianza, como si en la cola estuvieses tú con la Soleá, para hacerme el quite. Sí, te quiero como nunca quise. Y es que tú, Puriya, no eres para mí sólo una mujer, sino todas las mujeres juntas, porque reúnes, fundidas en tu palmito garboso y en tu cara bonita, las gracias de las demás, haciéndole palmas a la tuya que es la más salada. Eres, como dice Cuenca, el paradigma del garbo. Cuando te veo bailar, se me antoja que veo, no a la más salerosa de las trianeras, que eso, siendo el acabóse, es poco tratándose de ti, sino a la mismísima Triana, de mantón de Manila y pollera gitana. Por decírtelo todo: desde que te hablo, me saben mal las cañas de vino que no bebo en tu compañía, ¡y sabe Dios si me gusta a mí el vino...!
‐¿Y me querrás siempre así, Paco? Mira que yo contigo seré muy celosa: mira que yo no partiré peras con nadie; mira que te quiero para mí sola. Y tú eres muy tentao de la risa.
‐No soy, era ‐corrigió Paco‐. Tuve muchos líos y corrí muchas juergas, sobre todo desde que empecé a torear. ¿Qué quieres? El oficio lo pide. Cuando se arriesga el pellejo de continuo, se sienten deseos imperiosos de olvidar el peligro, de querer y apurar ávidamente todos los goces de la vida. Considera, Puriya, que cada toro que sale por la puerta de los chiqueros trae mil muertes en los pitones. ¡Y luego, las tentaciones son tantas! Así que llega la celebridad, los admiradores y los amigos te marean con toda suerte de fiestas; las damas más encopetadas te envían billetes que huelen a gloria, y las mocitas se te desmayan si les echas una flor. Ahora el mujerío me aburre, y las juergas me apestan. Sólo estoy a gusto cuando estoy a tu vera.
Luego hablaron de lo que harían en «La Barrancosa». Paco se proponía introducir grandes reformas en el cortijo, y tentar de nuevo las vacas y las becerras, a fin de seleccionarlas rigurosamente, no dejando para cría sino las que obtuvieran muy buena nota. El ganado era de buena casta; los toros que salían de la dehesa, cumplían; pero Paco encontraba que la antigua ganadería de su tío se embastecía de tipo y degeneraba en bravura, y que le hacia falta una buena escarda y un cruce acertado para volverla a su primitivo esplendor.
‐La tienta como yo quiero hacerla, me llevará todo el invierno. Cuenca y Tabarda estarán con nosotros; los chicos de la cuadrilla vendrán a echar su cuarto a espadas frecuentemente. Verás qué bien lo vamos a pasar. Ayer salieron para «La Barrancosa» las jacas de campo... y los cajones de manzanilla. De mañanita montaremos a caballo y, pun, pun,
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pun, a recorrer el cortijo y ver pastar el ganado. Te enseñaremos a acosar. Cuenca, Tabardillo y Alegre son muy buenos garrochistas. Me verás capotear las becerras; bregaremos todo el día, y por las noches, al amor de la lumbre, cante y baile. ¿Conque... te resulta la combinación?
En el segundo cuadro, luego de bailar el Ñañe, le dijo el Pitoche a los tocadores:
‐Venga lo mío.
Y después de un temple muy hondo, cerró los ojos e hizo su especial salida por malagueñas.
Soolo con laa peeena miaoaaaaaa...
‐¡Olé, los buenos cantaores! ‐gritó una bailadora.

‐¡Viva quien sabe y puede! ‐agregó el Ñañe, solemnemente. Tú te vaaaaaas...

Prosiguió el Pitoche, apianando la nota final, hasta dejarla morir, para recogerla después de un silencio y dilatarla, como en un angustioso lamento:
Aaaaaa y yo me queooooo, oooo, oo
solo con laa peeena miaaaaa, aaaa, aa,

quiero orvidarte y no pueoooo, oooo, ooooooo, oo,

tras ti se me va la vaaaaa, aaaaa, aa,

mi mal n0000 tieneeee remediooooo, ooo, ooooooo, oo.
Y tanto sentimiento derramó en aquella copla, que la moza que estaba junto a él le dijo realmente conmovida:
‐Pero ¿qué tienes hoy, Pitoche? Por éstas que son cruces, tu cante hace daño.
La Pura no quería escucharlo, y lo oía; lo oía, experimentando sensaciones extrañas que removían los légamos y sedimentos del pasado, y lo traían vivo al instante presente.
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«Las lágrimas se me saltaaaaan...»
Más que cantando, continuó sollozando el cantador. Siempreeee...

‐¡Ay, cómo sufre el pobrecito! ‐exclamó la bailadora de marras.

El esfuerzo que hacía el gitano le congestionaba el rostro y dilataba las venas de las sienes. Cada verso era un puro quejido, un prolongado lamento, un llanto que ya arreciaba en retorcidos sollozos, ya moría en un ¡ay! sin fin.
eeeeee que de ti me acuerdooooo, oooo,
Las láaaagrimas se me saltaaaan, aaan,

No sé de qué ni por quéeee, eeee, eeee, eeeeeeee, ee, Pero lloro cooon el almaaaa, aaaaa.

Las lágrimaaaas se me saltaaaa, aaaa, aaaaa, an.

Y la voz se quebraba, como rota por la pena.
Llovía a cántaros. Los pocos parroquianos que en la sala había escuchaban embebecidos. En medio de la tercera copla tuvo el Pitoche un acceso de tos y no pudo continuar. La Pura palideció; Paco frunció el ceño y dijo:
‐Me da el corazón que el gitano te camela todavía y que tú...
‐No pienses mal, Paco, porque me ofenderías ‐interrumpió vivamente la bailadora‐. Sabes bien que lo aborrezco. Daría no sé qué por no haberlo conocido. Nunca comprenderé por qué lo quise, pero ¿qué quieres? Me da lástima verlo sufrir por mi causa.
El Pitoche se sentó en una mesa y se puso a beber en compañía de Argüello. Después que la Pura bailó en el último cuadro, despidióse de sus compañeros y le pidió a Paco que le acompañase al camarín.
‐¿Al camarín? ‐interrogó éste.
‐Sí, tengo miedo que ese tío me venga otra vez con ruegos y lloros. Me vestiré y luego subiremos a cenar. Y salieron juntos.
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‐¿Lo ves, Pitoche? ‐dijo Argüello‐. Era lo que yo decía; la paloma se las guiya con su palomo. Y tú, ¿vas a permanecer de brazos cruzaos? Quedarás a la altura de un zótano. Y nadie querrá alternar contigo. Pitoche, eso no puede ser; recapacita el sentía y entra en conocimiento. La honra es la honra, y hay que salir a los medios por ella.
El Pitoche nada contestaba y seguía bebiendo. El rostro, demacrado y endrino, se le había afilado y ennegrecido más desde algún tiempo a aquella parte. Los ojos aterciopelados parecían más grandes, más prominentes los pómulos, y las orejas, como descoladas del cráneo, caían hacia adelante. Un gracioso pozuelo, que al sonreír se le formaba antes en la mejilla izquierda, habíase trocado en profundo surco. Argüello seguía perorando y sirviéndole aguardiente. De pronto, el Pitoche lo interrumpió diciéndole:
‐Me estás jaciendo mucho daño, Argüeyo. Déjame en paz; yo sé por dónde debo templarme.
Argüello miró en derredor, la sala estaba desierta.
‐¿Tienes herramienta? ‐le preguntó, y como el Pitoche hiciera un gesto negativo, sacó su navaja y se la puso en la mano disimuladamente. Luego se embozó con garbo en la capa de esclavina bordada, y dándole un fuerte apretón de manos al cantador, dirigióse a la puerta. Desde allí lo observó algunos instantes, y diciéndose: «Ya está cargá la bomba», salió.
El Pitoche subió a los gabinetes. Sólo había uno ocupado. Acercóse a la puerta y miró por el agujero de la llave. La Pura estaba sentada sobre las rodillas de Paco. Ambos se besaban apasionadamente, murmurando ternezas y protestas de amor. El Pitoche sintió como una desgarradura interna, y tuvo que hacer violentos esfuerzos para no gritar. El corazón se le salía por la boca. Los celos, unos celos rabiosos, lo hacían temblar de pies a cabeza. Incorporóse, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el muro. Así permaneció largo rato; y luego tornó a mirar. Paco y la Pura se habían levantado y se disponían a salir. Cuando abrieron la puerta se encontraron de manos a boca con el cantador, que parecía un lívido espectro.
‐¿Qué se le ofrece a usted, camará? ‐preguntóle Paco sin la menor sorpresa, como si hubiera esperado aquella intempestiva aparición.
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‐Se me ofrece este encarguito: de aquí no sale usted con esa mujé como no sea pasando por arriba de mi cuerpo, mal amigo y mal torero.
La Pura lo atropelló, y metiéndole los dedos por los ojos, le dijo:
‐¿Y quién eres tú, malange, para atravesarte en mi camino? ¿No soy más libre que el aire? ¿Te debo algo? ¿No te dije desde que pisé el café que no quería ninguna clase de relaciones contigo? ¿No ves, pelmazo, que estás metiendo la pata hasta el cuadril?
‐Lo que tú quieras, Pureta; pero de aquí no sales con ese hombre ‐repitió el gitano, sumiso y amenazador al mismo tiempo.
‐Puriya, te ruego que no le respondas ni una palabra más al tío curda este. Dame el brazo y vamos andando ‐interrumpió Paco, tranquilamente.
Y luego, dirigiéndose al cantador, añadió:
‐Y en cuanto a usted, grandísimo mamarracho, o se quita de ahí o lo quito yo.
Y como el Pitoche permaneciera inmóvil, lo cogió por los hombros y lo lanzó como un saco de huesos contra el muro de enfrente. El Pitoche abrió la navaja y se abalanzó sobre el torero. Un bastonazo de éste en la muñeca lo desarmó; luego sus manos se clavaron como tenazas en el cuello del cantador, cuyo rostro empezó a amoratarse. Los ojos se le salían de las órbitas; la lengua le colgaba de la boca como una piltrafa de carne escarlata entre los dientes de un perro. La Pura mirábalo aterrorizada y movida a la vez de súbita piedad, una piedad que venía de muy lejos, de los abismos del alma, y la conmovían profundamente. De la garganta de Pitoche salían sonidos estrangulados.
‐¡Pur...eta! ‐acertó a decir.
La bailadora comprendió que le pedía auxilio, e instantáneamente resucitó en ella la Pureta de antaño. El viejo amor de la chula por el golfo que la había perdido estalló en su pecho como un incendio voraz.
‐¡No lo mates, Paco; no lo mates, indino! ‐gritó con ímpetu de loca.
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Paco seguía apretando. El Pitoche se retorcía desesperadamente. De pronto, el torero abrió los brazos, lanzó una sorda queja y cayó de espaldas. El gitano miraba a la Pura sin atreverse a creer lo que veían sus ojos; ésta también lo miraba a él como una demente trágica. En la diestra tenía la navaja tinta en sangre...
‐¡Tú, Pureta, tú!... ‐exclamó él, comprendiendo al fin. ‐¡Dios mío, qué he hecho! ‐exclamó ella.
Y sus piernas se doblaron.

El Pitoche la sostuvo, y sosteniéndola descendieron por la escalerilla, a tiempo que un embozado entraba furtivamente en el gabinete donde, inánime, yacía el torero.

Fuente: El embrujo de Sevilla, Carlos Reyles. Biblioteca Mundial Sopena Argentina S.R.L. Tercera Edición, JUNIO DE 1954.pp 124-135.