EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bién los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no.-En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina- se suele decir". JOAQUN VIDAL VIZCARRO: El Toreo es Grandeza.

domingo, mayo 22, 2016

La QUIETUD, no es lo mismo que el "Tancredismo" actual.

"Por el temple hacia el mando, y por el mando hacia la quietud"

Frente al tancredismo y pegapasismo, que en el San Isidro actual venimos padeciendo, resultan necesario difundir este excelente artículo de Luis Bollaín escribiera allá por el año 1967, y que resulta necesario difundirlo, para que se reafirme que "celeste imperio" o el "toreo al revés" ya sea con capote o con muleta, son solo "cuentos chinos".
 
 

 

En EL RUEDO escribía Juan León un Pregón de Toros sobre el "tópico" --así́ lo calificó él--  "parar, templar y mandar”, con promesa de seguir ocupándose del tema en otros números.
Y yo, que llevo mucho tiempo sin pisar las arenas de este RUEDO, y he permanecido callado ante otros muchos sugestivos temas de toros que me han pasado por la cabeza y casi por las cuartillas, salgo ahora de mi rincón silencioso. Mas no por encender polémica. No --menos aún-- para soltar eI rollo de mi "sapientísima lección". Vengo, sencillamente, a decir cómo veo esa cosa tan fundamental en Tauromaquia --y tan lejana del tópico, si se encauza bien-- que es el macizo e imperecedero soporte del arte de torear
Son pocos los que ignoran que "parar", "templar" y "mandar" forman la trilogía del buen hacer torero. Pero son menos aún los que saben que la tal trilogía, así presentada, puede inducir al error de creer que torear es "parar", más "templar", más "mandar"; como si esos tres infinitivos fueran, a modo de sumandos independientes, de idéntico rango. Y no es así.
Parar
Cuando al artífice de la quietud torera le recomendaron --allá en sus tiempos novilleriles-- que fortaleciese sus piernas para poder correr, resumió en una apreciación tímida toda la honda significación del arte del toreo:
--¡Pero si yo creí que el único que tenía que correr en la plaza era el toro!

Exacto. El toro tiene que "correr"; el torero tiene que "parar". Porque "parar" es, en esencia --como antes dije--, torear. "Parar" es, "quitar" al toro sin "quitarse" el torero. Es... el toreo
Puntualización importante. Pudiera parecer lógico que, arrancando de esta verdad --irrebatible, a mi modo de ver--, razonásemos de esta manera: si torear es "parar", el que aspire a ser torero --o el que se precie de serlo-- ha de vivir bajo la idea obsesiva de la quietud. Y, sin embargo --justamente porque "parar" nada tiene que ver con "tancredear"—, ¡pobre del que, deslumhrado por el estatismo, se obstina en permanecer sin moverse ante el toro! Más aún: sólo puede haber quietud torera si el artista se despreocupa de la idea de estarse quieto.
Y esto es así, sencillamente, porque el "parar" no puede "atraparse" por captación directa, por acción inmediata sobre unas piernas... que no han de moverse. La quietud, para el torero --como la gloria para el cristiano--, no se coge; se gana. No viene a la mano en rectitud, sino que llega por la curva de la consecuencia. Se "para", no porque el torero deje "quietos los pies", sino porque "mueve los brazos"; porque, "moviendo los brazos", se ha ganado la "quietud".
Luego "parar" --infinitivo primero-- no es "estarse quieto", sino "poder estar quieto". 
Templar
Lo dije antes:
Por el "temple", hacia el "mando", y por el "mando", hacia la "quietud".

De modo que la "quietud" arranca del "temple".
Entiendo que "templar" es armonizar, hacer concorde, poner al mismo ritmo el movimiento del engaño y la embestida del toro. Mas para que la definición de temple --concordancia de movimientos-- sea completa, es preciso añadir a ella estos dos ingredientes fundamentales: los movimientos concordados de engaño y toro han de ser "lentos"; esa lentitud ha de venir "impuesta" por el torero, el cual, en acto de soberanía artística --y cuando de toro pronto se trate--, "rompe" la marcha de su enemigo. En pocas palabras: pienso que hay, en el torero que templa, algo de poder mágico del hombre sobre la fiera, en el sentido de hacer qué ésta "frene" su embestir, ponga su acometida a un ritmo más lento. El diestro que torea con temple mueve sus brazos --y con ello, el engaño--  a velocidad inicialmente menor que la desarrollada por el toro. Este, por una especie de fascinación, "se pone al compás" del capote o de la muleta. Una vez lograda esta sincronización de movimientos del engaño y del toro --impuesta por aquél a éste--. viene la necesidad de mantener el ritmo, el compás, hasta el final de la suerte. Que es el temple en su sentido más tangible.
Claro que el temple así entendido no es explicable "científicamente"..., ¡gracias a Dios! Eso de "tirar de un toro que no quiere ir”, o de --"más difícil todavía"-- rematar con limpieza un lance que se inició a menor velocidad que la desarrollada por el toro al arrancarse, es algo inaprehensibíe que sólo puede salir --pero que sale no pocas veces --del rincón misterioso de los embrujos. Por eso pudo decir confidencialmente Juan Belmonte:
—Yo toreé lentamente --con "temple belmontiano"--, empujado a ello por mi modo de sentir el arte de torear. Moví el engaño a la velocidad que me dictaba mi sentido del toreo, y luego..., ya veía usted: unas veces el toro pasaba despacio y limpiamente, embebido en mi capote o en mi muleta, y otras, "no me hacía caso", derrotaba en la tela o me cogía, y el temple no asomaba por parte alguna. Pero no puedo explicar ni el por qué del éxito, ni el por qué del fracaso. No sé decir qué hacía yo para que aquello saliera bien..., cuando salía bien; o para que no saliera bien… cuando salía mal.
Mandar
Si existe en el mundo algo que merezca ser repetido machaconamente y hasta voceado a grandes gritos por la calle, ese algo es la verdad irrebatible de que no hay más que un toreo, diversificado después --variedad en la unidad-- por el distinto acento que en él pone cada artista. Pero sólo un toreo: el toreo; el de "parar" a base de "temple" y "mando"
Un hombre que ordena...; un toro que obedece... ¡Yaestá! Ante nosotros, el "mandar" torero: aquel verbo que nos faltaba para dejar completa la trilogía indeclinable.
Lo digo una vez más: Por el "temple", hacia el "mando´*..,
¡Naturalmente! Como que es el movimiento "templado" de la tela lo que permite "mandar", lo que marca el camino que el toro ha de seguir.
¿Ustedes no han "toreado" nunca a un perro con un pañuelo? La "técnica" está en mover el pañuelo a una velocidad tan perfectamente sincronizada con la "embestida" del chucho en ansias de morder, que pañuelo y perro estén separados en todo instante por los mismos escasos centímetros. Si el pañuelo se mueve rápido, la golosina se aleja y el perro, al perderla, se para. Si se mueve lento, el perro alcanza el "bombón" y lo muerde. Todo está, pues, en dar con el ritmo justo, con la pulsación precisa, con la sincronización exacta. Si se consigue, el perro irá... por donde el pañuelo lo lleve.
En pocas palabras: el "torero" del pañuelo hace lo que quiere con el perro; lleva por donde quiere al perro; "manda" en él. Pero manda gracias al ritmo del "temple". Porque cuando el pañuelo no "templa" hay parón... o mordedura. No hay "mando". No hay "toreo".
Y si del pañuelo blanco pasamos a la muleta roja o al capote bicolor y del perro al toro, nos hallaremos ante un fenómeno de idéntico trazo. El ansia de morder, en el perro, y de comear, en el toro, lanza a estos dos animales en persecución, con celosa ceguera, de una presa codiciada, que siempre llevan al alcance de su boca o de sus cuernos, pero que nunca logran alcanzar. Y es justamente ese instinto de cornear o de morder, hábilmente explotado por la técnica del "temple", lo que hace que germine el "mando", y, con el "mando", el "toreo".
La rotación queda cerrada
Vemos, pues, que el "mando", servido por el "temple", hace posible la "quietud".  Pero aún falta algo; quizá lo más trascendente. Me refiero a la "quietud" en su proyección, no sobre las “suertes” aisladas, sino sobre las verónicas en serie unida,  sobre los pases de muleta ensamblados en "faena" ligada.
Quiero decir que, para hacer una conjugación perfecta del verbo "parar", no basta con estar quieto --con poder estar quieto, gracias al "mando"-- mientras el toro "pasa": es preciso poder mantener esa quietud... entre pase y pase. Y esto sólo se consigue rematando, a la perfección las suertes; dejando al toro, en cada remate, a la distancia justa para que, sin enmienda del torero, sea posible provocar la nueva embestida del toro.
Y ahora es cuando ya podemos decir que la trilogía torera ha completado su rotación. 
El toreo, técnicamente, es quietud.
Quietud, mientras el toro pasa.
Quietud, entre pase y pase.
"Quietud", que sirven los brazos, conjugando, con "temple", el verbo "mandar".
¡Y si todo esto lo aderezamos con el "duende" del "arte", con la sal y la pimienta del "sentimiento" y de la "pasión"...! 
© Luis Bollaín/1967. Publicado en El Ruedo, 28 de marzo de 1967. 
El autor
Luis BOLLAÍN ROZALEM (1908-1989) notario de profesión, está reconocido como uno de los grandes aficionados y escritores del siglo XX. Emparentado directamente con el mundo ganadero de Colmenar Viejo, según confesó años mas tarde uno de sus hijos se trasladó a Sevilla "por Belmonte, porque por encima de todo mi padre era amigo de Belmonte”. Residenciado en la capital andaluza, su amistad con el Pasmo de Triana le permitió conocer de cerca de uno de los más grandes de todas las épocas; fruto de esta amistad fueron algunos de sus libros como “Los dos solos”, “La tauromaquia de Juan Belmonte” o  “Los genios, de cerca. Belmonte, visto por un belmontista”. Conferenciante por toda la geografía taurina y colaborador en distintos medios informativos, donde llegó a ejercer como cronista taurino, escribió, entre otras obras, “El decálogo de la buena fiesta” y “El toreo”.



miércoles, mayo 18, 2016

En el IV Centenario de la muerte de Cervantes. Don Quijote y los toros (II)

"—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas"
Gustave Doré (1832 - 1883), ilustraciones para El Quijote

CAPÍTULO LVIII (2ª parte)

Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras  


    Y con gran furia y muestras de enojo se levantó de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por loco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto, salió don Quijote con su intención, y puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino, como se ha dicho, hirió el aire con semejantes palabras:

—¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuando volviendo las espaldas se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro: sólo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:
—¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.
No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera, y, así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante, pero en fin se levantaron todos, y don Quijote a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:
—¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que gusto, siguieron su camino. 

José Segrelles (1885 - 1969), ilustraciones para El Quijote

---o---
Es curioso cómo en tiempos ya históricos, el toro se crió asociado a las cuencas de los ríos principales y a algunos de sus afluentes, y también a ciertas serranías. Los límites de la crianza del toro han sido Duero y Ebro hacia el Norte, Tajo en el Centro y Guadiana y Guadalquivir en el Sur...
En los siglos en que el toreo caballeresco predominaba, solíase mencionar la procedencia del ganado bravo adscribiéndolo a un lugar geográfico, hidrográfico más bien, toda vez que a los nombres de ciertos ríos se asociaba la bravura y la acometividad de los ejemplares que en sus riberas se criaban.
Para la entrada en Madrid de la Reina Margarita, esposa de Felipe III, en el mes de octubre de 1599, mandó el concejo de la Villa se compraran cuarenta toros "procurando sean muy buenos, así de los que suelen traer otras veces de Zamora como los de la ribera del Jarama". 
Jarama tuvo, en efecto, gran predicamento entre los buenos aficionados. Y los caballeros alanceadores y rejoneadores los preferían. En Madrid, por su cercanía se lidiaban muchos jarameños. 
Nuestros literatos citan con frecuencia esos lugares geográficos e hidrográficos en sus escritos.
[Francisco López Izquierdo; Historia del toro de lidia (De la Prehistoria a nuestros días); edición Agualarga; página 91]

Fuente:http://dominguillos.blogspot.pe/2016/04/en-el-iv-centenario-de-la-muerte-de.html