EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bién los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no.-En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina- se suele decir". JOAQUN VIDAL VIZCARRO: El Toreo es Grandeza.

domingo, julio 10, 2016

IN MEMORIAN


"Esta profesión es la más bonita, 
y también la más ingrata.....te da tardes de gloria, pero también te da tarde de amargura..."

En lo que va de este año, esta profesión ha cobrado la vida de nuestro compatriota el joven novillero peruano Renato Motta, la del matador mexicano Rodolfo Rodriguez "El Pana", y el joven matador español Victor Barrio.
Descansen en paz, dignos profesionales del toreo.







                                            

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hace 1 día












miércoles, junio 29, 2016

JULIO PÉREZ, "EL VITO" (Q.D.E.P.)

Julio Pérez "VITO" le comentaba a un extraordinario aficionado, "Mi Arma", (Germán Urrutia Campos) que: "El salir MARCHOSO era la PIEDRA ANGULAR de la SUERTE DE BANDERILLAS.....".   ¡¡¡¡¡¡¡Ahí queda eso¡¡¡¡¡¡¡¡¡


Alfonso Navalón
A media mañana sonó una voz en el teléfono que se hacía familiar a pesar de los veinte años que llevamos sin vernos. Estuve dejándolo hablar hasta que soltó el: «¡Mi arma! ¿Pero ya no te acuerdas de tu amigo ‘Vito’?». Y de pronto saltaron un montón de recuerdos, de los muchos días que vivimos en entrañable armonía nuestra pasión por el toreo. Los que me siguen saben de sobra la profunda admiración que siento hacia este personaje singular, al que pongo siempre como ejemplo del más completo banderillero que he conocido. En la distancia, Julio ‘El Vito’ va recogiendo las crónicas que le mandan sus amigos o las que le pasaba un pariente que maneja Internet. El hombre ya no pudo aguantarse más y me llamó para contar lo feliz que se sentía con este reconocimiento, cuando los aficionados de ahora no saben lo que significó en la historia del segundo tercio. «¡Mi arma! ¡Guardo tus crónicas de ahora con más cariño que las que me hacía Corrochano en el ‘Abc’!». En mi larga historia de aficionado práctico no he disfrutado con nadie haciendo tentaderos como con este andaluz que derrocha gracejo y talento en sus chispeantes charlas. Para Julio es un vicio hablar de toros. No se parece a José Tomás ni a los toreros de ahora que se quitan el traje de luces y se convierten en ciudadanos anodinos, la gente que nos conoce dirá que estuve también muchos inviernos andaluces tentando al lado de Pepe Luis Vázquez y que no voy a comparar a un genio del toreo con un simple banderillero. Ya lo sé, pero Pepe Luis es más tímido y más reservado. Pepe Luis da muchas largas cambiadas porque no quiere complicarse la vida. A Pepe Luis hay que oírle después de las doce de la noche, cuando ya tiene encima media docena de güisquis. Como aquella madrugada en ‘El Toruño’ de los Guardiola, cuando andaba escribiendo ‘Los Toros del Sol’ y Don Salvador me reservó una sorpresa emocionante: «Usted habrá toreado cientos de vacas, pero seguramente no se habrá puesto delante de un cinqueño». Así que tragué paquete y afronté la prueba. Era un toro que no se podía lidiar porque tenía un bulto en el costado. Y allí estaba Julio ‘Vito’ con el capote pronto por si pasaba alguna ‘esaborisión’, y Pepe Luis con su discreción de siempre. Esa noche nos dieron las tantas hablando de toros. Los hijos de Pepe Luis (todavía unos niños) dormían en los divanes mientras el maestro de San Bernardo, sabiéndose entre los cabales, derrochaba sabiduría. Domingo Ortega siendo también seco en palabras, era más abierto cuando sabía que tenía auditorio digno de su sabiduría. Una noche después de tentar en su finca de Segovia nos quedamos de sobremesa con Antonio Bienvenida, el escultor Sebastián Miranda y Luis ‘El Estudiante’. Faltó Cañabate, que por entonces ya estaba muy malito, mientras el trepa de Zabala rezaba para que le dejara cuanto antes la tribuna de las hipocresías del ‘Abc’. Fue una de esas noches inolvidables donde el viejo filósofo de toros sentó cátedra de lo que debe ser un buen torero. El toreo por dentro Pero lo del ‘Vito’ era distinto a todo. Conocía el toreo por dentro y desde abajo, había sido figura de los novilleros, matador a la sombra de su padrino Carlos Arruza, luego el mejor banderillero de esta época y después también maestro en el arte de escoger en el campo la corrida que mejor le iba a cada torero, a cada plaza y a cada empresario. Entre Domingo Ortega y ‘El Vito’ hay la misma diferencia que entre una conferencia de Don Miguel de Unamuno y la vida del Lazarillo de Tormes. Por mucha gloria que alcance Unamuno, las aventuras de Lázaro quedarán para siempre en el alma del pueblo. Una hora me tuvo al teléfono. Un torrente de recuerdos. Entre lo mucho que habla Julio y lo poco que me gusta estar callado, había que recuperar el tiempo perdido. Lo conocí un invierno a principios de los sesenta cuando yo acababa de entrar en ‘El Ruedo’ y paramos a comer en el Parador de Bailén con Luis Miguel, Jaime Ostos y Luis Segura. Lo más curioso de aquella reunión fueron las ocurrencias de Lucía Bosé (todavía bellísima) traduciendo al idioma casero los tecnicismos de Luis Miguel. Su conclusión fue gloriosa: «O sea, que según Luis Miguel, el secreto del toreo está en la altura y la distancia que debe llevar la muleta durante la faena». Eso es lo que nos había querido explicar su marido en media hora de pontificar. De pronto, nos quedamos sorprendidos ante dos hombrones que estaban pegando carreras y saltando los setos del jardín. Eran ‘El Vito’ y Luis González que entonces iban de ‘pareja-espectáculo’ en la cuadrilla de Ostos. Iban a torear un festival en Andújar y aquella tarde Luis Miguel dijo que me fijara en un muchachote fornido de Zaragoza: «Ése acabará cuajando en un gran banderillero». Y no se equivocó. Aquel mañico era Pepito Gracia, hijo del conserje de la plaza de Zaragoza y padre de ‘El Tato’, el inesperado nuevo ‘manager’ de El Juli, que de pronto ha olvidado todo el cariño que siempre me ha tenido su familia y de la sorprendente memoria de su padre que se sabía algunas de mis crónicas y las soltaba de golpe en las muchas noches de juerga que pasamos juntos. Aquellos tentaderos No puedo reflejar en esta crónica la historia de esa hora telefónica anotando cuando íbamos a los tentaderos de Urquijo en el Cortijo de ‘Juan Gómez’. Allí se tentaba después de la feria de Sevilla cuando ya el sol achicharra. Empezábamos al amanecer y tentábamos diez vacas hasta que empezaba a calentar. Luego volvíamos a las siete hasta que se hacía de noche. Entonces probamos aquel semental ‘Dominó’, un prototipo de Murube que salió extraordinario. Se lo compró Litri en un millón de los de entonces (cuando las corridas valían sesenta mil duros) y fue un desastre de semental porque no ligó con ninguna vaca. Otro día fui a tentar a lo de Joaquín Buendía, cuando aquellos santacoloma salían rabiosos de casta y los toreros decían que tenían ojos de locos cuando los miraban. Mi sorpresa es que al empezar en la placita de la ‘Hacienda Bucare’ se presentó de improviso ‘El Vito’: «Mi arma, m’enterao de cazualidá que venías a lo de Buendía en la Venta de Antequera y m’a fartao tiempo pa’vení. No te vayas a equivocá que ezto no lo conoces, que aquí una vaca te pué rajá encuantito te encantilles...». «¡Julio!, si yo estuve ya en los de Isaías y Tulio Vázquez, en lo de Albaserrada y en los gracilianos de Arranz. Pero Julio seguía en sus trece: «Y que no te vayas a equivocar, que aquí te puede pasar de todo cuando más descuidado estés». No pasó nada. Las vacas salieron muy picantes pero manejables si se les tapaba bien la cara con la muleta. Mi amigo ‘Vito’ no respiró tranquilo hasta que no le dimos puerta a la última. Entonces comprendí el gran respeto que les tenían los toreros a los torillos terciaditos de Santa Coloma. Y por qué las figuras de ahora no han descansado hasta quitarlos de todos los carteles. Prefieren los borregos de Domecq porque ¡Dios te libre de un Santa Coloma listo! Amigo leal Julio defendió siempre mi amistad. Cuando el taurinismo empezó a odiarme por ‘derrotista’ siempre sacaba la cara por mí. Una noche en los premios de ‘Río Grande’ en Sevilla un grupo de cronistas andaluces empezaron a despotricar contra mí. Julio pegó un puñetazo en la mesa y los cortó en seco: «A los buenos toreros le hacen falta muchos críticos como Navalón, que sabe de esto y no cuenta mentiras como todos ustedes». Y desde entonces, cuando está él delante nadie se atreve a soltar una guasa contra mi persona. Algo parecido ocurrió años después con Antonio Ordóñez, también en los premios de ‘Río Grande’ cortó en seco a los difamadores y se extrañaron que siendo enemigos de muchos años sin hablarnos, el rondeño se pusiera de mi parte: «Entre todos vosotros no le llegáis a la suela del zapato». Seguimos otro par de años sin hablarnos hasta que un día hicimos las paces en la feria de Albacete, cuando Danielico Ruiz era solo el corralero de los Choperitas. Dios te guarde Julio’Vito’, flor de los banderilleros, rumbo y señorío de los toreros viejos, de los pocos que vivieron enamorados del traje de luces como la ilusión suprema de su vida. Y que sirva de ejemplo cómo un crítico maldito y un grandioso torero pueden ser amigos hasta la muerte.

Fuente: http://www.alfonsonavalon.com/paginas/ultimas%20cronicas/29.htm

Para visualizar los videos pichen sobre los enlaces: 

Fuente: ABC (Madrid) 05 de mayo de 1962. pagina 56.

lunes, junio 27, 2016

Madrid 1966: la despedida de Antonio Bienvenida

"El matador lidio seis toros de diferentes ganaderías, tipos y estilos (...). El orden durante la colorida fue perfecto,la lidia ejemplar, la ejecución limpia, el buen gusto exquisito, la actuación serena, los gestos señoriales, los detalles eximios , el dominio absoluto, la variedad extrema, interesante, imprevista..."


Fuente: ¿Por qué vuelven los toreros? Conchita Cintrón, Editorial Diana, México, 1978. P 41 a 71

domingo, mayo 22, 2016

La QUIETUD, no es lo mismo que el "Tancredismo" actual.

"Por el temple hacia el mando, y por el mando hacia la quietud"

Frente al tancredismo y pegapasismo, que en el San Isidro actual venimos padeciendo, resultan necesario difundir este excelente artículo de Luis Bollaín escribiera allá por el año 1967, y que resulta necesario difundirlo, para que se reafirme que "celeste imperio" o el "toreo al revés" ya sea con capote o con muleta, son solo "cuentos chinos".
 
 

 

En EL RUEDO escribía Juan León un Pregón de Toros sobre el "tópico" --así́ lo calificó él--  "parar, templar y mandar”, con promesa de seguir ocupándose del tema en otros números.
Y yo, que llevo mucho tiempo sin pisar las arenas de este RUEDO, y he permanecido callado ante otros muchos sugestivos temas de toros que me han pasado por la cabeza y casi por las cuartillas, salgo ahora de mi rincón silencioso. Mas no por encender polémica. No --menos aún-- para soltar eI rollo de mi "sapientísima lección". Vengo, sencillamente, a decir cómo veo esa cosa tan fundamental en Tauromaquia --y tan lejana del tópico, si se encauza bien-- que es el macizo e imperecedero soporte del arte de torear
Son pocos los que ignoran que "parar", "templar" y "mandar" forman la trilogía del buen hacer torero. Pero son menos aún los que saben que la tal trilogía, así presentada, puede inducir al error de creer que torear es "parar", más "templar", más "mandar"; como si esos tres infinitivos fueran, a modo de sumandos independientes, de idéntico rango. Y no es así.
Parar
Cuando al artífice de la quietud torera le recomendaron --allá en sus tiempos novilleriles-- que fortaleciese sus piernas para poder correr, resumió en una apreciación tímida toda la honda significación del arte del toreo:
--¡Pero si yo creí que el único que tenía que correr en la plaza era el toro!

Exacto. El toro tiene que "correr"; el torero tiene que "parar". Porque "parar" es, en esencia --como antes dije--, torear. "Parar" es, "quitar" al toro sin "quitarse" el torero. Es... el toreo
Puntualización importante. Pudiera parecer lógico que, arrancando de esta verdad --irrebatible, a mi modo de ver--, razonásemos de esta manera: si torear es "parar", el que aspire a ser torero --o el que se precie de serlo-- ha de vivir bajo la idea obsesiva de la quietud. Y, sin embargo --justamente porque "parar" nada tiene que ver con "tancredear"—, ¡pobre del que, deslumhrado por el estatismo, se obstina en permanecer sin moverse ante el toro! Más aún: sólo puede haber quietud torera si el artista se despreocupa de la idea de estarse quieto.
Y esto es así, sencillamente, porque el "parar" no puede "atraparse" por captación directa, por acción inmediata sobre unas piernas... que no han de moverse. La quietud, para el torero --como la gloria para el cristiano--, no se coge; se gana. No viene a la mano en rectitud, sino que llega por la curva de la consecuencia. Se "para", no porque el torero deje "quietos los pies", sino porque "mueve los brazos"; porque, "moviendo los brazos", se ha ganado la "quietud".
Luego "parar" --infinitivo primero-- no es "estarse quieto", sino "poder estar quieto". 
Templar
Lo dije antes:
Por el "temple", hacia el "mando", y por el "mando", hacia la "quietud".

De modo que la "quietud" arranca del "temple".
Entiendo que "templar" es armonizar, hacer concorde, poner al mismo ritmo el movimiento del engaño y la embestida del toro. Mas para que la definición de temple --concordancia de movimientos-- sea completa, es preciso añadir a ella estos dos ingredientes fundamentales: los movimientos concordados de engaño y toro han de ser "lentos"; esa lentitud ha de venir "impuesta" por el torero, el cual, en acto de soberanía artística --y cuando de toro pronto se trate--, "rompe" la marcha de su enemigo. En pocas palabras: pienso que hay, en el torero que templa, algo de poder mágico del hombre sobre la fiera, en el sentido de hacer qué ésta "frene" su embestir, ponga su acometida a un ritmo más lento. El diestro que torea con temple mueve sus brazos --y con ello, el engaño--  a velocidad inicialmente menor que la desarrollada por el toro. Este, por una especie de fascinación, "se pone al compás" del capote o de la muleta. Una vez lograda esta sincronización de movimientos del engaño y del toro --impuesta por aquél a éste--. viene la necesidad de mantener el ritmo, el compás, hasta el final de la suerte. Que es el temple en su sentido más tangible.
Claro que el temple así entendido no es explicable "científicamente"..., ¡gracias a Dios! Eso de "tirar de un toro que no quiere ir”, o de --"más difícil todavía"-- rematar con limpieza un lance que se inició a menor velocidad que la desarrollada por el toro al arrancarse, es algo inaprehensibíe que sólo puede salir --pero que sale no pocas veces --del rincón misterioso de los embrujos. Por eso pudo decir confidencialmente Juan Belmonte:
—Yo toreé lentamente --con "temple belmontiano"--, empujado a ello por mi modo de sentir el arte de torear. Moví el engaño a la velocidad que me dictaba mi sentido del toreo, y luego..., ya veía usted: unas veces el toro pasaba despacio y limpiamente, embebido en mi capote o en mi muleta, y otras, "no me hacía caso", derrotaba en la tela o me cogía, y el temple no asomaba por parte alguna. Pero no puedo explicar ni el por qué del éxito, ni el por qué del fracaso. No sé decir qué hacía yo para que aquello saliera bien..., cuando salía bien; o para que no saliera bien… cuando salía mal.
Mandar
Si existe en el mundo algo que merezca ser repetido machaconamente y hasta voceado a grandes gritos por la calle, ese algo es la verdad irrebatible de que no hay más que un toreo, diversificado después --variedad en la unidad-- por el distinto acento que en él pone cada artista. Pero sólo un toreo: el toreo; el de "parar" a base de "temple" y "mando"
Un hombre que ordena...; un toro que obedece... ¡Yaestá! Ante nosotros, el "mandar" torero: aquel verbo que nos faltaba para dejar completa la trilogía indeclinable.
Lo digo una vez más: Por el "temple", hacia el "mando´*..,
¡Naturalmente! Como que es el movimiento "templado" de la tela lo que permite "mandar", lo que marca el camino que el toro ha de seguir.
¿Ustedes no han "toreado" nunca a un perro con un pañuelo? La "técnica" está en mover el pañuelo a una velocidad tan perfectamente sincronizada con la "embestida" del chucho en ansias de morder, que pañuelo y perro estén separados en todo instante por los mismos escasos centímetros. Si el pañuelo se mueve rápido, la golosina se aleja y el perro, al perderla, se para. Si se mueve lento, el perro alcanza el "bombón" y lo muerde. Todo está, pues, en dar con el ritmo justo, con la pulsación precisa, con la sincronización exacta. Si se consigue, el perro irá... por donde el pañuelo lo lleve.
En pocas palabras: el "torero" del pañuelo hace lo que quiere con el perro; lleva por donde quiere al perro; "manda" en él. Pero manda gracias al ritmo del "temple". Porque cuando el pañuelo no "templa" hay parón... o mordedura. No hay "mando". No hay "toreo".
Y si del pañuelo blanco pasamos a la muleta roja o al capote bicolor y del perro al toro, nos hallaremos ante un fenómeno de idéntico trazo. El ansia de morder, en el perro, y de comear, en el toro, lanza a estos dos animales en persecución, con celosa ceguera, de una presa codiciada, que siempre llevan al alcance de su boca o de sus cuernos, pero que nunca logran alcanzar. Y es justamente ese instinto de cornear o de morder, hábilmente explotado por la técnica del "temple", lo que hace que germine el "mando", y, con el "mando", el "toreo".
La rotación queda cerrada
Vemos, pues, que el "mando", servido por el "temple", hace posible la "quietud".  Pero aún falta algo; quizá lo más trascendente. Me refiero a la "quietud" en su proyección, no sobre las “suertes” aisladas, sino sobre las verónicas en serie unida,  sobre los pases de muleta ensamblados en "faena" ligada.
Quiero decir que, para hacer una conjugación perfecta del verbo "parar", no basta con estar quieto --con poder estar quieto, gracias al "mando"-- mientras el toro "pasa": es preciso poder mantener esa quietud... entre pase y pase. Y esto sólo se consigue rematando, a la perfección las suertes; dejando al toro, en cada remate, a la distancia justa para que, sin enmienda del torero, sea posible provocar la nueva embestida del toro.
Y ahora es cuando ya podemos decir que la trilogía torera ha completado su rotación. 
El toreo, técnicamente, es quietud.
Quietud, mientras el toro pasa.
Quietud, entre pase y pase.
"Quietud", que sirven los brazos, conjugando, con "temple", el verbo "mandar".
¡Y si todo esto lo aderezamos con el "duende" del "arte", con la sal y la pimienta del "sentimiento" y de la "pasión"...! 
© Luis Bollaín/1967. Publicado en El Ruedo, 28 de marzo de 1967. 
El autor
Luis BOLLAÍN ROZALEM (1908-1989) notario de profesión, está reconocido como uno de los grandes aficionados y escritores del siglo XX. Emparentado directamente con el mundo ganadero de Colmenar Viejo, según confesó años mas tarde uno de sus hijos se trasladó a Sevilla "por Belmonte, porque por encima de todo mi padre era amigo de Belmonte”. Residenciado en la capital andaluza, su amistad con el Pasmo de Triana le permitió conocer de cerca de uno de los más grandes de todas las épocas; fruto de esta amistad fueron algunos de sus libros como “Los dos solos”, “La tauromaquia de Juan Belmonte” o  “Los genios, de cerca. Belmonte, visto por un belmontista”. Conferenciante por toda la geografía taurina y colaborador en distintos medios informativos, donde llegó a ejercer como cronista taurino, escribió, entre otras obras, “El decálogo de la buena fiesta” y “El toreo”.